COMPARATIVAS

El curioso origen de los aparatos electrónicos que usas diariamente

¿Dónde han quedado los grandes nombres, los autores de algunos de los mayores inventos de la historia? ¿Te gustaría saber cómo y por qué se crearon los relojes de pulsera o la cafetera? Vamos a desvelarte el origen de los aparatos que usas diariamente.

Mucho antes del Renacimiento, la Ilustración, o las Revoluciones médica, industrial, científica y tecnológica, siempre han existido «grandes figuras», un oficio a veces sin beneficio. Un inventor es una persona que concibe o idea algo que no existe, incluso partiendo de algo que sí existe. Un inventor encuentra la solución a un problema formulado. Esta es su mayor incentiva: despejar la ecuación.

Este progreso ha estado copado de accidentes, descubrimientos fortuitos, patentes arrebatadas y otras tantas frustradas. Algunos dedicaron su vida y no vieron consumados sus logros, mientras que otros aprovecharon el bagaje y la posición del mercado para materializar ideas ajenas. Una aventura donde correr riesgos en pos de una gloria futura.

El despertador

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Todos lo hemos usado alguna vez en nuestra vida. Es, posiblemente, el gadget más odiado de cuantos habitan el hogar y también uno de los compañeros más fieles, aunque ahora haya sido sustituido por el smartphone.

El primer sistema despertador no era digital, sino analógico. Los griegos inventaron hacia el 250 a.C el cuco mecánico. Un pájaro que sonaba cuando la marea subía de nivel, para alertar del curso de las mareas.

El despertador que nosotros conocemos fue inventado por el relojero Levi Hutchins de Nueva Hampshire, EEUU, en 1787. Este particular gallo mecánico era bastante sencillo. Levi necesitaba levantarse a las 4 am, así que se puso una palanca en su reloj justo sobre ese número, de manera que cuando la aguja pasase por él hiciese sonar una campana. No, aún no se podía elegir la hora de alarma, pero al menos era mejor que quedarse pegado a las sábanas.

El reloj de pulsera

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Siguiendo con relojeros, vamos a buscar al abuelo del smartwatch. El reloj de pulsera nació no tanto con la función de avisar de la hora en todo momento sino para servir de cronómetro. El joyero parisino Louis Cartier desarrolló su reloj ‘Santos’ en 1904 para Alberto-Santos Dumont, un pionero de la aviación.

El reloj siempre fue un capricho caro, pero lo que necesitaba el piloto era algún tipo de ayuda para calcular el combustible restante y tiempo de vuelo, y en pleno vuelo lo único que se le ocurrió fue atarse una correa a un reloj de bolsillo, primero en el antebrazo y después en la muñeca.

Pero para encontrar su padre intelectual habría que remontarse hasta 1880, cuando el fabricante Girard-Perregaux, que suministraba relojes a la Marina Imperial Alemana, decidió que si ataba un reloj a una cadena o anillo sería más fácil de manipular —usando una sola mano en vez de las dos—. En 1902, la cadena Omega ya lo promocionaba como equipamiento militar para tener un control de los cambios de turno, tanto aliados como enemigos.

El boli

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El bolígrafo también posee casi un siglo de solera. Fue un húngaro con nacionalidad argentina, Laszlo Jozsef Biró, quien inventaría el boli en 1938. Primero lo patentó en su tierra natal y unos meses después en Francia, pero no sería hasta su migración a Argentina, en 1940, cuando comienza su comercialización.

Entonces no se llamaba ni estilográfica ni bolígrafo, sino birome, y costaba casi 100 dólares. Pero pronto comenzaría a imitarse la idea de incluir la tinta dentro de un recipiente interno. En 1943 Faber y Bic compraron la idea y, entonces sí, el boli moderno había nacido.

El teléfono móvil

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Aunque la batalla fue dura, Martin Cooper no se dejó amilanar. Es de Chicago. El primer teléfono móvil nació como una necesidad imperiosa por lograr una comunicación a distancia. Presentado por Motorola el 17 de octubre de 1973, el Dyna-Trac, llamado así el primer móvil, pesaba casi 800 gramos y su batería sólo duraba 35 minutos, frente a las 6 horas que costaba cargarlo completamente.

Cooper llamó a Joel Engel, su competencia directa y jefe de investigación de Bell Labs, para confirmarle de que lo había logrado. Inspirado en el intercomunicador de Star Trek presente en la Enterprise de 1971, Cooper dio pie a una innovación histórica que después continuarían IBM y Nokia.

La cafetera

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Quizá debería haber incluido a la cafetera justo después del despertador, segundo elemento clave para despertar las mañanas de miles de ciudadanos. El café no siempre fue algo habitual. Como las patatas o el chocolate, comenzó a consumirse en Europa a partir del siglo XVII.

Bebido a modo de infusión, de sabor agrio y tono oscuro, no fue hasta 1850 cuando el parisino François-Antoine-Henri Descroizilles inventó un sistema similar al alambique tradicional donde una placa agujereada actuaba como filtro. La alemana Melitta Bentz, en 1908, perfeccionaría el invento usando papel poroso a modo de filtro. Y ya en 1933, el inventor Luigi De Ponti en nombre de Alfonso Bialetti daría el salto del café de moka al café por goteo, logrando un aroma aún más posado y un sabor más equilibrado.

La lavadora

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Ni tan moderna como se insinúa ni tan antigua para emparentarla con las pilas de lavado. Fue el estadounidense Nathaniel Briggs, un 28 de marzo de 1797, quien inventó la primera máquina de lavado.

De acuerdo con la Oficina de Marcas y Patentes y su índice de clasificación (USPC), Briggs registró un escueto “Clothes, Washing”, que no era sino una versión a vapor de la caja mangle. Aquellos fueron tiempos de patentes prolíficas: la de Jacob C. Schäffer, registrada en Alemania en 1767 o una lavadora de tambor giratorio en 1782, registrada por Henry Sidgier.

Más de un siglo después, en 1901, llegaría el antepasado de la lavadora eléctrica actual, con inyección de agua por medio de un compartimento preparado para ello, y con varias muescas para “frotar” las prendas. Y fue gracias al ingeniero estadounidense Alva John Fisher.

La impresora

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La enciendes, pulsas un botón y empiezas a fotocopiar. Así es diariamente en miles de oficinas mundiales. También es fácil encontrarse con una incubadora de proyectos en posesión de varias impresoras láser para dar forma a sus ideas, pero, ¿de dónde nace todo esto? Fue en el Centro de Investigación de Xerox Palo Alto.

EARS fue el resultado de más de tres años de estudio y desarrollo capitaneado por Gary Starkweather, quien adaptó la impresora Fuji Xerox incorporando un tambor fotoconductor unido al depósito de tóner en un haz láser. Sí, un mismísimo láser proyectado sobre un disco que va girando, haciendo barridos del láser.

No fue comercializado hasta 1977, pero un año antes ya fue instalada una copia en el Centro de Información F. W. en Woolworth, en Milwaukee, Wisconsin. Según IBM era capaz de operar a una velocidad de más de 100 impresiones por minuto.

El coche

Y, cómo no, aunque no todos lo usamos, conviene repasar uno de los grandes inventos del siglo. Aunque el propio Leonardo Da Vinci ya dejó constancia de prototipos en pleno siglo XV, concretamente en 1495, e incluso podríamos citar el carromato de Nicolas-Joseph Cugnot de 1771, el coche moderno fue invento del alemán Karl Benz, cuando patentó el primer modelo a gasolina hacia el otoño de 1885, un vehículo de dos plazas con una potencia de 0,75 hp.

Su creación ya contaba con algunos años de experiencia —concretamente desde la víspera de Año Nuevo de 1879—: se trataba de un motor estacionario impulsado en una sola unidad de cilindro de dos tiempos. El salto al cuatro tiempos de alta velocidad, con diferencial y estructura en acero tubular amplió la potencia notoriamente.

Eso sí, lo que Benz hacía no era sino aplicar los conocimientos de Nikolaus Otto, que patentó el motor de combustión interna en 1868. El motorwagen de Benz contaba con una clara herencia de este progreso tecnológico. Porque la carrera del progreso es una llena de escalones. Sin grandes saltos ni piruetas, sino investigación constante, inventiva y sacrificio.

HACE 2 AÑOS