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Al descubierto: así planea Disney que los niños jueguen con robots

Las máquinas ya limpian nuestras casas y nos hacen compañía, así que no parece descabellado pensar que un día cuidarán también de nuestros retoños. Un día no demasiado lejano. Es lo que opinan en Disney, donde ya se han puesto manos a la obra para encontrar la mejor manera de que un robot pueda convertirse, si no en el mejor, al menos en un buen amigo para los pequeños.

La división de investigación de la empresa, que perpetúa el espíritu visionario de su creador, ha lanzado un proyecto para estudiar este tipo de interacciones niño-máquina. La iniciativa se divide en tres estudios que se complementan con un objetivo común: conocer más sobre la manera en que los niños conversan con sistemas de inteligencia artificial y aplicar los hallazgos para que los robots lo hagan mejor.

Aunque cada uno de estos trabajos, o más bien partes de la investigación, se ha publicado como un artículo diferente, lo cierto es que todos forman parte de la misma iniciativa. Como no podía ser de otra manera, los protagonistas de los experimentos contaban con solo un puñado de primaveras. Alrededor de 80 niños han participado en una serie de cortas actividades conversacionales mientras los expertos no perdían detalle.

Cuanto más mayores, más exigentes

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Las investigaciones realizadas en la casa donde nació Mickey Mouse han servido para detectar algunos patrones interesantes en el tipo de comportamiento que prefieren los pequeños. Uno de ellos es que la edad de los chiquillos influye en la manera en la que prefieren ser tratados por un robot o asistente virtual.

Los niños de preescolar, por ejemplo, se quedan satisfechos si el personaje que se dirige a ellos desde una pantalla simplemente espera en silencio su respuesta o repite la pregunta, como haría el narrador de ‘Pocoyó’. No necesitan mucha más atención para hacer buenas migas con un compi de silicio.

Ahora bien, la cosa cambia cuando se trata de niños un poco mayores.Cuando estos hablan con un robot aprecian especialmente que la máquina haga referencia a otras charlas que hayan compartido en el pasado. Algo que no ocurre con los más pequeños, a quienes no les importa demasiado si su nuevo amigo trata cada conversación como si fuera nueva o no.

Piper, un robot mágico

Más allá de sus resultados, uno de los aspectos más curiosos de la investigación es la metodología. Para trabajar con niños, hay que llevar el ‘modus operandi’ a su terreno. Por eso, en el primero de los ensayos, los pequeños conocieron a Piper, un robot supuestamente ‘hechizado’, según les contaron. En realidad, el autómata tenía un repertorio de frases grabadas y estaba controlado desde una sala adyacente a la del experimento.

Piper estaba programado para soltar las diferentes respuestas en función de las condiciones que le rodeasen. La idea es que una máquina sea capaz de utilizar lo que sabe para elegir sus palabras y la manera de decirlas, pero todavía no está muy claro cómo gestionar este flujo de información. Sobre todo, cuando se trata de niños.

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Según los investigadores, una de las cuestiones clave para que los robots tengan éxito es encontrar la mejor forma de utilizar las conversaciones previas para crear un vínculo con el interlocutor. ‘Que los robots recuerden lo que hemos dicho en el pasado, así como cuándo y de qué manera lo expresan, afecta a la manera en que los vemos‘, han explicado desde la compañía.

Humanos en el papel de robots

La siguiente parte del experimento de los investigadores de Disney consistía en crear una historia de forma colaborativa entre los niños y una ‘supuesta’ inteligencia artificial (IA). ‘Supuesta’ porque se trataba, en realidad, de uno de los investigadores, que iba añadiendo personajes a un cuento digital en viñetas que ambas partes inventaban sobre la marcha.

El encargado de esta labor introducía al azar en el argumento tanto personajes relacionados con el contexto –por ejemplo, si alguien había mencionado a un gato– como totalmente aleatorios.

El objetivo era comprobar cuál de las dos estrategias gustaba más a los niños y en qué situaciones cada una de ellas era adecuada para una app o un dispositivo dirigido al público infantil.

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En esta ocasión, tanto los más pequeños como los chavales algo más creciditos coincidían en sus reacciones. En contra de lo que pudiera pensarse, los pequeños se atascaban cuando el falso programa añadía a la historia elementos congruentes con el hilo del cuento. Probablemente les costaba demasiado entender e integrar la información, lo que quiere decir que, con los niños se puede llegar a pecar de complicado.

No hay quién entienda a los niños

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Pese al vertiginoso avance de la tecnología, a los sistemas de inteligencia artificial aún no se les da demasiado bien reconocer el discurso de los niños ni entender la semántica del lenguaje natural. Y, de hacer las dos cosas a medias, los robots no serían capaces de responder a los niños de forma coherente.

Para los autores, estas limitaciones suponen aún un importante escollo: ‘Todavía no sabemos si es factible que un niño y una máquina creen de forma colaborativa narraciones fluidas ni si este ejercicio está realmente valorado por los niños‘, reconocen en el segundo de sus estudios.

Cuando los niños abandonaban la actividad, volvían a encontrarse con Piper, quien les preguntaba sobre su historia, alternando tres tipos de cuestiones: una genérica, otra que mencionaba a un personaje del cuento y una más en la que expresaba algún tipo de sentimiento hacia él. A continuación, los chiquillos participaron en otra prueba similar, aunque esta vez tenían que crear un juego.

Si Dora la exploradora escuchara a sus fans

En el último experimento, los investigadores de Disney quisieron averiguar cuál es la mejor manera de fomentar la participación de los niños. Es decir, si un robot preguntara y suponiendo que pudiera escuchar la respuesta, ¿cómo debería actuar?

Aquí entran en juego tres factores principales: el tiempo que el programa espera la posible respuesta del niño, la repetición de preguntas no contestadas y la provisión de una corrección o apunte. Jugando con estas variables, los expertos comprobaron que las esperas y las apelaciones animaban a los niños a participar, pero a los chiquillos no les interesaba ningún tipo de ‘feedback’.

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Por último, los jóvenes voluntarios volvieron a reunirse con Piper, con quien charlaron de nuevo antes de rellenar un formulario para valorar cualidades del robot como la amabilidad o la inteligencia. Este test permitió a los expertos distinguir las diferencias que dependían de la edad de los niños.

Robots amables, pero no en exceso

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Estas pautas sociales no solo son importantes para que las máquinas sepan interactuar con los más pequeños. Los robots necesitarán saber cómo actuar de manera natural con su dueño –tenga la edad que tenga–, pero sin que sea raro. Imagina que Alexa o Siri te propusiera escuchar aquella lista musical de canciones deprimentes que reprodujiste tras una ruptura. Pese a hacerlo con la mejor intención, no te haría mucha gracia.

El estudio sugiere, además, que los hallazgos serán útiles para diseñar programas encaminados a mejorar la dicción o comprensión de los niños a través de juegos. ‘La información que nuestros investigadores están obteniendo de sus experimentos nos ayudarán a crear medios interactivos que los niños adoptarán y amarán‘, concluye Markus Gross, vicepresidente de Disney Research.

Como han demostrado sus trabajos, a los más pequeños no les vale cualquier conversación, ya sea con otra persona o con un robot. La única manera de que una máquina pueda ganarse su confianza es midiendo muy bien sus palabras. Seguramente hay algún adulto al que no le vendrían mal tomar algunas clases de las futuras generaciones de ‘robots niñera’ fabricadas con tecnología de Disney.

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