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¿Por qué las madres lo dan todo por sus hijos?

“No hay un manual para ser padres, lo hacemos lo mejor que podemos”. Eso es lo que me solía repetir mi madre cuando teníamos alguno de esos choques típicos de la adolescencia. Supongo que no fui la única que en algún momento de calentón, con las hormonas revolucionadas y tras haber llegado a casa mucho más tarde de lo acordado, le eché en cara que no había hecho las cosas bien o que no había estado todo lo presente que debería en algunas etapas en las que la necesitaba.

Son ese tipo de cosas que, aunque en ese momento las pienses, te arrepientes de pronunciarlas nada más salir de tu boca. Decirle algo así a tu madre es como dispararle a bocajarro. Es un golpe bajo con ida y vuelta, de los que hieren a quien lo recibe, pero duele por igual a quien lo ha soltado al ver el daño que acaba de causar. Supongo que nada puede dolerle más a una madre que escuchar de su propio hijo decir que no ha hecho todo lo que podía y le ha defraudado.

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Han pasado los años, y ya no estamos en el instituto. Ha llovido mucho desde aquello, pero todavía me encuentro con demasiada gente que, cuando la bebida les suelta la lengua de más, no pueden evitar expresar esa rabia, ese resentimiento que arrastran por aquellos momentos en los que su juventud y la incomprensión de sus padres levantó un muro entre ellos. Un muro que todavía no han sabido derribar.

 

¿Aprender a perdonar a las madres?

Ahora, a mis veintitantos, puedo entender más que nunca aquella frase de mi madre, puedo comprender lo complicado que tiene que ser lidiar con algo para lo que nadie la preparó jamás: educar a sus hijos. Por eso creo que nuestro deber como hijos, aunque tampoco tengamos una guía que nos explique cómo hacerlo bien, es aprender a perdonar. Aprender a perdonar aquella frase desafortunada que tu madre te dijo aquel día que llegó a casa después de 14 horas trabajando o esa bronca que te cayó a ti, pero que le correspondía a tu hermano.

Tenemos que aprender a perdonar esos pequeños gestos grabados a fuego en nuestra memoria para poder valorar todo lo demás, todo lo que nuestra madre hizo por nosotros y dejó de hacer por ella para intentar darnos lo mejor. Aprender a ver a nuestra madre más que como una madre, como una persona.

Porque, de todos los proyectos en su vida, tú siempre has sido el más importante. Ha hecho la vista gorda cuando has llegado a casa con un par de copas de más, te ha cuidado cuando el tercer amor de tu vida te salió rana y ha insistido todo lo posible para que tu habitación no sea un vertedero y puedas parecer una persona civilizada el día de mañana. Has sido la razón por la que se ha pasado toda su vida madrugando y por la que se ha pasado las noches en vela preocupada por unas malas notas o una mala cara.

Por eso deberíamos aprovechar cada pequeña ocasión para poder recordarle todo lo que valoramos ese trabajo y demostrarle que, aunque nosotros tampoco seamos perfectos, estaremos a su lado para apoyarla siempre que nos necesite. Porque no hay nada que pueda hacer más feliz a tu madre que saber que ha conseguido que seas una persona que sabe perdonar, aprender de sus errores y cuidar a quienes quiere cuando más lo necesitan.

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