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“Terminator Génesis”: La caída del imperio maquinario

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Año 2003. Una máquina responsable de los efectos especiales en el cine tomó consciencia de sí misma. Desplazó poco a poco toda la artesanía manual y todos los guiones humanos que le fueron llegando. Tras dos entregas que marcaron el cine de acción, comenzaba su apocalíptico reinado que aún dura hasta nuestros días. Su última actualización se llevará a cabo este viernes si no lo impide in extremis la resistencia humana.

 

“Terminator”, de James Cameron (1984)

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Tras “Piraña 2”, debut del que fue fulminantemente despedido, un jovencito Cameron sufre una noche de mareos y colocones febriles. Al despertar, dibuja su alucinación: un esqueleto robótico surgiendo de una enorme bola de fuego. La máquina primigenia había nacido: “Terminator“.

Una trama sencilla (también hay miles mucho más simples y menos atractivas), pero muy efectiva, da sobrada justificación a una acción revolucionaria para la época. Poder ver al icónico endoesqueleto sin y con la funda física de Schwarzenegger fue uno de los grandes ‘ohhhh’ del momento. Robots asesinos, persecuciones emocionantes, un futuro en juego, una estética y una composición visual nunca vistas… No se podía pedir más. El hombre, sus emociones, habían triunfado sobre la máquina.

 

“Terminator II: el juicio final”, de James Cameron (1991)

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El futuro no está establecido. No hay destino. Sólo existe el que nosotros hacemos.”

El destino podría haber sido el dejar una primera entrega redonda, magnífica y marcar un hito en la ciencia-ficción. Pero ese era el destino de “Matrix”, no el de Terminator. Cameron tenía las claves, sabía que la historia (esta vez sí) podía alargarse un poco sin perder la dignidad y disponer de nuevo de la excusa perfecta para presentar unos efectos especiales fuera de lo normal.

Guns N’ Roses, ZZTop, ‘Chuanche’ en cueros, en cuero y con Harley. Linda Hamilton magnífica, muy a lo Ripley (tiene una gemela real que grabó escenas como doble), un Terminator malo malísimo espléndido, mejorado, estilizado, cruel, inoxidable e inolvidable (¿recuerdan ese final retorciéndose mientras se funde?, además de ordenador hay arcilla y fibra de vidrio cuya escultura resultante es de alucinar. Esos son los efectos trabajados que realmente impresionan). Lo icónico tenía de nuevo una referencia total, ya que esta versión fue mucho más comercial y de lo más innovadora, pues no perdió pizca de esencia en el proceso.

Fue la confirmación a base de buenas hostias, con perdón.

 

“Terminator III: la rebelión de las máquinas” de Jonathan Mostow (2003)

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Y la máquina de efectos digitales tomó consciencia de sí misma. Tampoco el productor Mario F. Kassar quería que su máquina de hacer dinero dejase de funcionar (Cameron lo hubiese dejado finiquitado con la segunda, incluso ideó un final conclusivo que Kassar rectificó).

Se acabó lo de que el futuro no está establecido. De hecho, en “Terminator III” vienen a decir que, debido a los jueguecitos temporales, el juicio final era más bien inevitable, aunque prorrogable, si no a penaltis. Se perdió el juicio en el guión, se puso a un director que no se lo merecía, se perdió el estilo innovador y visualmente potente y se ganó una supercyborg femenina, con mucha más corriente pero menos fluida como personaje que el de la segunda parte.

Ganaron las máquinas, perdió la historia. Skynet había hecho que los efectos especiales tomasen consciencia de sí mismos y se rebelaran contra el espectador. El principio del fin.

 

“Terminator Salvation”, de McG (2009)

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El Milenarismo había llegado… Ya daba todo igual. Para “Terminator Salvation” se cogió al director de ‘Los ángeles de Charlie 1 y 2’ (total ya…) y se hizo un batiburrillo sin sentido, sin Chuanche (apenas un cameíto), aunque con un perdido Christian Bale.

Recordó un tanto a “Transformers 3”, “Iron Man 2”, “Alien vs Predator 1”… ¡Ignición! Es decir, una amalgama de hierros chocando y chirriando a todo volumen, sin solución de continuidad ni forma de saber dónde está lo bueno y lo malo (¡yo voy con el hierro ese de ahí…, no, con ese!).

La raza cinematográfica se había extinguido, aplastada definitivamente por las computadoras.

 

“Terminator: Génesis”, de Alan Taylor (2015)

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Secuela, precuela, ‘porsicuela’, reboot, roboot…, todo eso y todo junto se da cita en la última entrega (please) de la saga. Recuperan a Schwarzenegger a tiempo completo y hay un vídeo circulando con los elogios del propio Cameron. Sin embargo, lejos de remontar, los mismos fallos apocalípticos persisten:

Para no perder comba han vuelto a contratar a un director de prestigio: el de “Thor 2”, no se puede pedir mejor currículum. También cogen a un actor en auge: esta vez es Emilia Clarke, alias Daenerys Targaryen, que no da el pego como Sarah Connor. Otro fiasco y desperdicio a la altura de Bale (el actor).

Pero lo que debía ser lo importante, es decir el guión, resulta ser de traca, embarrándose de nuevo en el caos más absoluto: los viajes en el tiempo toman tal protagonismo que ya no se sabe quién es quién, si uno llegó para salvar al otro o el otro para salvar al uno. Como un anuncio de lejía pero a lo bestia, vamos.

Además del efecto digital hueco acostumbrado, incluye una sorpresita final que hará las risas y los llantos de todo seguidor de la saga. El bochorno y el sonrojo será tal que la aparición de un Terminator asiático queda en mera anécdota.

Si el jucio final es, como parece y decían en la tercera, inevitable, que llegue ya y que mitigue tanto sufrimiento…

 

HACE 5 AÑOS