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Las 10 mejores películas de ciencia-ficción que ya deberías haber visto

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La ciencia-ficción no siempre ha mostrado un futuro muy pluscuamperfecto que se diga, aunque sí se ha configurado como una magnífica forma de evasión, tanto en cine como en literatura.

El celuloide concretamente nos ha hecho soñar con naves, razas alienígenas de todo tipo y un porvenir para la humanidad no muy halagüeño precisamente. Eso sí, enfrentándose a él han surgido auténticas joyas del cine que conviene repasar.

¿Qué podemos entender por ciencia-ficción?

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Definir la ciencia-ficción es complicado. De primeras vendría a ser como un gran cajón donde incluir cualquier ficción a la que se ha llegado mediante los avances de la ciencia como vehículo principal.

El problema es que es un vehículo tan polivalente, tan pluridireccional… Se mueve a tanta velocidad y entre tantos campos distintos que ponerle límites es como intentar parar con las manos aquel DeLorean que viajaba a través del tiempo.

Si ya es difícil poner límites a la ciencia, mucho más a su ficción. Lo más lejos que podemos llegar es a establecer ciertas categorías:

ENCUENTROS CON EXTRATERRESTRES

El mundo sigue como está, lo que cambia todo es ese contacto con lo que nos llega caído del cielo. La ciencia aquí sirve como simple medio de comunicación: algo hemos hecho que ha llamado la atención más allá de nuestro sistema solar y vienen a imponernos un correctivo en el mejor de los casos. ‘Ultimátum a la tierra’ (la original de Robert Wise, la buena), ‘La guerra de los mundos’ (ídem), ‘El enigma de otro mundo’ (la original de ‘La cosa’), ‘Encuentros en la tercera fase’, ‘Distrito 9’, etc.

EL HOMBRE SALE A LA CONQUISTA DEL ESPACIO

La ciencia como vehículo de exploración (podría establecerse otra categoría: -Intranave- con ejemplos claros como ‘2001’ o ‘Alien’; y ya más abajo: ‘Horizonte final’, ‘Sunshine’, ‘Apolo 13’…).

El espacio está ahí fuera esperándonos y gracias a la ciencia nos imaginamos cosas como ‘Desafío total’ o ‘Star Wars‘; otras como ‘Flash Gordon’, ‘El juego de Ender’, ‘Star Trek’ o’Atmósfera cero’.

ROBOTS, DROIDES, ANDROIDES Y DEMÁS FAUNA CABLEADA

Pueden ser construidos por civilizaciones avanzadas, pero por lo general son instrumentos humanos para liberar de carga. A menudo nos los imaginamos rebelándose y levantándose en armas contra sus propios creadores. ‘Yo robot’, ‘Robocop’, ‘Terminator‘, ‘Metrópolis’, ‘Planeta prohibido’…

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CIENCIA-FICCIÓN TERRENAL

La ciencia como vehículo para imaginarnos lo que haríamos en un futuro con nosotros mismos, en concreto con nuestro propio cuerpo: ‘Un viaje alucinante’, ‘El chip prodigioso’, ‘El cortador de césped’ –otra adaptación de Stephen King, curiosamente-…

DISTOPÍA DE FRUTAS

Lo de los otros mundos y seres está muy bien pero, posiblemente, el mejor cine futurista se ha hecho imaginándonos a nosotros mismos en años posteriores, que para eso nos conocemos mejor que nadie y sabemos de lo que somos capaces.

Distopía vendría a ser lo contrario de la Utopía y por tanto un ‘futuro indeseable’; un enfoque negativo de nuestra propia evolución, más referido a lo social y cultural que como especie biológica en sí.

Aquí van diez futuros pesimistas, poco prometedores pero deslumbrantes en cualquier caso. Muy abonados para el florecimiento de grandes películas:

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Diez distopías temibles

METRÓPOLIS, de Fritz Lang (1927)

La primera distopía como tal de la historia del cine, y una de las mejores gracias a la incorporación de conceptos como la lucha de clases.

Expresionismo futurista (inédito), maquetas y decorados de ensueño envuelven casi todas las corrientes sociales y políticas (-ismos) en germen: socialismo, fascismo, sindicalismo y hasta mitología y religión.

Una obra cumbre del séptimo arte. Hipnótica y visionaria como pocas pese a su final algo conformista. Eso sí, el robot María sigue sin ser superado hoy día.

LA HORA FINAL, de Stanley Kramer (1959)

Una auténtica precursora de los ‘fin del mundo’. La humanidad ha sido desolada por un holocausto nuclear y los únicos supervivientes a bordo de un submarino esperan con distinta entereza que la nube tóxica los devore. Era la distopía más probable allá por los años de la Guerra Fría y colocaba al espectador frente a un hipótesis tan probable como terrorífica.

Ava Gardner y Gregory Peck con sus interpretaciones interiorizaron para sí el concepto de bomba atómica frente a la cámara y los secundarios Anthony Perkins y Fred Astaire completan un reparto de lujo para un apocalipsis muy clásico.

FAHRENHEIT 451, de François Truffaut (1966)

Futurismo a lo Nouvelle Vague, aunque más inquietante que costumbrista. Una novela clásica de Ray Bradbury (mucho más cruda y desarrollada) convertida en una película sesentera; ambas logrando su cometido: concienciar, iniciar el debate. ¿La ignorancia da la felicidad? ¿Si es así, de qué tipo? ¿El entretenimiento puede ser un fin en sí mismo? ¿Qué entendemos por aprovechar nuestras vidas? ¿El espíritu crítico nos hace más libres? ¿La igualdad social extrema es aconsejable?

Visualmente algo desfasada, de ritmo y final mejorables, la ‘temperatura a la que arden los libros’ sigue siendo un referente cultural en cualquiera de sus manifestaciones.

EL PLANETA DE LOS SIMIOS, de Franklin J. Schaffner (1968)

Cómo no, la primera joya que marcó con su impactante final el devenir de la ciencia-ficción y confirmó una de sus claves: dar la vuelta como un calcetín a nuestras expectativas como especie humana.

Una gran novela de Pierre Boulle (el mismo de ‘El puente sobre el río Kwai’ curiosamente) y una cinta poderosa. Aventuras, emoción, reflexión… Como para caerse cinematográficamente rendido de rodillas en su playa.

LA NARANJA MECÁNICA, de Stanley Kubrick (1971)

La imagen de Malcolm McDowell con los párpados forzosamente abiertos para ser sometido a una asociación de imágenes a lo Paulov es una secuencia para el recuerdo. La ciencia como vehículo para corregir la conducta del individuo y convertirlo en un modelo social a capricho.

La ética de la manipulación. Más debate a la caldera mental mientras se realiza la mejor exhibición de violencia como concepto dentro del séptimo arte. Revolucionaria.

EL DORMILÓN, de Woody Allen (1973)

La hibernación inducida es una excusa clásica para despertar en un futuro de bruces con la nueva realidad. Es un choque ya de por sí cómico, y en manos del maestro neoyorquino además una distopía para reflexionar. El fetichismo, el consumismo, el conformismo, todo diseccionado por el filo de unos afilados diálogos.

Genial neurosis verborreica; sexo, psicoanálisis y viceversa versión 2.0. Una maravilla.

LA FUGA DE LOGAN, de Michael Anderson (1976)

Está bien; los efectos especiales (esa psicodelia setentera, ese robot tan mítico…) han envejecido mal. Lo que no envejece es lo que perdura en el recuerdo: la emoción de la historia; lo original de su propuesta.

El que de pequeños nos mirásemos la palma de la mano por si teníamos una gema y ver de qué color era una reacción que ya les gustaría conseguir a muchas películas de hoy día. Un ‘carrusel’ impactante y un pequeño ‘santuario’ para la ciencia-ficción.

BLADE RUNNER, de Ridley Scott (1982)

Si sólo nos presentan un futuro con lucecitas y coches voladores se corre el riesgo de desconectar demasiado con el espectador. Si en cambio lo fusionas con barrios chinos, investigaciones policíacas, androides de lo más humano, banda sonora de las que se te clavan dentro, atmósfera irrepetible, diálogos brillantes, secuencias para el recuerdo y final con intriga; pues entonces tiendes a alumbrar probablemente la mejor película de ciencia-ficción de la historia. No esperamos ningún tipo de ‘réplica’ en forma de secuela (ya hay suficientes versiones). No hace falta, gracias.

1984, de Michael Radford (1984)

Como homenaje, no podría haberse hecho en otro año e igual las prisas por cumplir los plazos le pasaron factura. Sin alcanzar al libro en ningún momento (el listón era muy alto), tiene un toque a suburbio británico bastante interesante.

El reparto hace que la cinta no pierda los papeles, nunca mejor dicho, y en cualquier caso nunca es mal momento para reflexionar un poco sobre el control totalitario, ahora y siempre de actualidad (véase cibercontrol).

MATRIX, de Andy y Lana Wachowski (1999)

O filosofía fílmica, podría decirse. Supuso todo un antes y después: por su innovación técnica pese al bajo presupuesto (su ‘efecto Matrix’ revolucionó lo visual y publicitario); y por lo novedoso de sus planteamientos (a su vez tan viejos y eternos como Platón). Ciberfilosofía.

La realidad virtual como cruel forma de control humano. Desconfianza crítica frente a la información que nos llega, replantearse las certezas… Ese tocho académico cargado de guiños y referencias que tiene detrás sirve para pensar si te detienes un poco; porque si no, ni te enteras mientras se usa de calzador para una mesa sobre la que se expone una acción magistral, un ritmo de narración perfecto y una imaginación de planos inaudita.

Una genialidad redonda y perfectamente conclusa (quitando ese último vuelo final) lista para pasar directamente al cielo del celuloide si no fuese por esas dos absurdas secuelas que claman al mismo (lo que se conoce como hacer un ‘Jar Jar Binks’). Al palo.

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HACE 3 AÑOS